En la cultura oriental, todo tratado sobre salud se establece desde el siguiente principio básico.
“Tratar a la persona no a la enfermedad”
Considerar todos los factores humanos es lo esencial, concibiendo a la persona como un todo dotado de cuerpo, mente y espíritu que interactúa y se condiciona entre si mismo; Por tanto, el enfoque siempre es global, nunca parcial.
La Reflexología se basa fundamentalmente, en la observación y detección, no solo de los puntos reflejos dolorosos, también son influyentes todos aquellos detalles que están presentes en los pies, como por ejemplo, el color de la piel, su temperatura, durezas, callos, juanetes, manchas, lunares, verrugas, ojos de gallo, papilomas, uñas encarnadas, erosiones, descamaciones, etc.
Comprobar también la flexibilidad y consistencia de los tejidos, huesos, tendones y ligamentos; obtener una visión informativa de los sistemas circulatorio y linfático al descubrir zonas inflamadas o con edemas.
Todas estas observaciones son de suma importancia para el Reflexológo y, a todo ello podemos añadir, la identidad psicofísica implícita en los pies, los aspectos psicológicos nos manifiestan sutilmente rasgos de la personalidad de quien estamos atendiendo, miedos, angustias, temores, tensiones, introversión, extroversión, etc.
De este modo se globaliza en un todo el funcionamiento y las repercusiones que entre si generan los aspectos físico, mental y emocional de la persona con quien colaboramos en el camino de restablecer el bien estar, puesto que cada uno de esos aspectos forman parte y resultado del sentir, ser y estar, de la persona en cuestión y en el momento presente.
La información que obtenemos de los pies es inestimable, certera y seria; los pies nunca mienten y siempre están dispuestos a modificar cualquier función, solo debemos tratarlos con amorosa paciencia, comprendiendo y perdonando la poca atención que les hemos prestado.
¿Los acariciamos?
¿Los nutrimos con aceites o cremas relajantes?

